miércoles, 17 de julio de 2013

El miedo

Constantemente nos damos la vuelta y pretendemos volver a ser aquellos críos inocentes sin preocupaciones; libres y sencillos. Y normalmente lo hacemos cuando no queremos encarar nuestras dificultades a causa del miedo. El miedo nos ha carcomido y nos carcome continuamente porque no lo sabemos controlar del todo: recurrimos a no aceptarlo, a rehuirlo, a descartarlo ante cualquier indicio que demuestre que estamos "cagaditos" de miedo; miedo de tomar la decisión definitiva y salvarnos (o no), miedo de decir las cosas que tenemos que decir, miedo de actuar, incluso miedo de sentir para que no nos hieran.

Muchas veces nos inmoviliza y nos deja en modo "stand by" para siempre, y vivimos así; aceptándolo en nuestras vidas como a un huésped conocido, sin darnos cuenta del daño que nos causa.

Sí, muchas veces somos niños pequeños por no aceptar la realidad existente que vivimos e intentar cambiarla, y nos aferramos a personas que nos tratan como a tales; pero llega un momento en el que esas personas se cansan de estar con niños mayores y se van; entonces es cuando volvemos a hospedar al miedo en nuestros corazones durante tiempo indefinido. Una vez que nos caemos y nos desquebrajamos, nos lastimamos una y otra vez tropezando con la misma piedra y chocando con la misma pared de ladrillo duro de siempre, ¡y el miedo a derrumbarnos nuevamente es mayor al miedo a salir de ese modo "stand by", nos desarmamos y deshacemos de él, y actuamos, y decimos, y sentimos, y aprendemos a saltar la mísera piedra de antes, y a derrapar dando media vuelta antes de comernos la pared.

Al final lo que nos queda es una dolorosa pero valiosa lección: "Por mucho miedo que tengamos, no podemos permitir que reine en nuestras vidas; el miedo es bueno, crea cautela ante circunstancias de peligro, pero deja de serlo cuando se convierte en nuestro día a día. Hay que aprender a manejar al miedo, es un tipo duro y se crece muy fácilmente".









No hay comentarios:

Publicar un comentario