Me has visto predicándole a tus manos que no me dejasen caer...
Yo tenía los propósitos claros,
tú las venas en llamas.
Te acogía la costumbre del desapego rutinario y aún conociendo eso,
me lancé al abismo.
Me podrían haber sujetado muchas manos,
podría haberme acomodado en muchos labios,
y aún así,
escogí quedarme ahí.
Ningunos pertenecientes a un lugar llamado hogar.
Ningunos aún.
Nuevos horizontes,
ventanas que apertura luz,
cercanía,
miedos pasados que aún estrangulan corazón,
garganta clarificando,
voz medrando.
Se me están acomodando los pasos y mis pies ya no plantean saltarse más baldosas.
Ahora disfruto del trayecto con todo lo dispuesto en el paseo.
Vivo con casi tantos miedos como fuerza en vorágine.
Pero ahora te escribo a ti,
querida y deseosa Esperanza:
Acompáñame a puertos a los que jamás pensé tener en vista ni con catalejo.
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